Itinerario africano: Tánger, tercer día
Definitivamente, ya no son sólo los cines lo que se parecen. Los lugares acaban pareciéndose… quizás son todos uno sólo. Viendo Tánger todo es conocido, todo está visto. Las calles, las gentes, los espacios, el mar, el cielo azul,… Todo. También los cafés. Me gustán los cafés (e incluso ya les dediqué su espacio). Son como el último reducto de algo, indefinible. Podríamos pensar que es un lugar para el encuentro, ya no con alguien sino con todos, como si algo nos uniera inevitablemente a los demás, a todos los que están allá. Pero no acaba de ser del todo cierto. Idealizaciones… Como las cervecerías hrabalianas (en realidad, de toda la literatura centroeuropea), es como si el mundo se hubiera venido a encerrar ahí. El mundo que nos interesa. Un poco pequeño, sí, igual lleno de gente igualmente pequeña (me gustan más los cafés populares que aquellos otros fríos y grises con gente que parece estar planeando algo… que no es lo mismo que conspirando… conspirar es mucho más interesante). Me gusta observar, mirar, y ni tan siquiera soy muy discreto. Escuchar fragmentos de conversaciones, frases dirigidas o no a uno, movimientos, gestos,… todo sirve, todo está ahí para ser observado (y serlo también nosotros), piezas de ese engranaje que muy la maquinaria de esta vida… Pero no hay que ser demasiado exagerados… En realidad, entre todo admiro la simpleza, ese despojamiento de nosotros mismos, abandonados frente a un café, un refresco, un batido o la última copa del día (última, primera,…). Un momento para ser reales…
Itinerario africano: Tánger, segundo día
Llegado a un cine, todo acaba pareciéndose. O quizás todo nos lleva a otra parte, a algún rincón incierto de la memoria. Al ver este Cine Alcázar, recuerdo el cine de mi pueblo, convertido ahora en un extraño museo de cosas perdidas: coches en miniatura que alguna vez fueron juguetes, carteles taurinos, un toro disecado, el viejo proyector, motocicletas que perdieron su sentido, botellas vacías en el bar del sótano, artilugios de labranza, peces en urnas,…
En fín, qué se yo. La bombilla de Philips se rompió, como esa ventana del cine de Tánger… Todo es algo más nuevo, cierto.
No haré comparaciones odiosas con los cines de ahora.
Recordaré aquellos otros. Cuando nos llevaban de pequeños en el colegio a ver todos los años una película (siempre la misma), o los programas dobles, los carteles de películas de Bruce Lee, o Li, o Le, o Leung. Y luego los veranos, el cine al aire libre, en cualquier calle, con la gente que se traía las sillas. Parece que hablo de tiempos prehistóricos, pero ni tan siquiera soy tan viejo. Todo va deprisa deprisa.
No sólo ese cine abandonado en la ciudad azul me recuerda aquel otro pueblo. También las calles extrechas y empinadas, escalones de piedra, subidas interminables bajo el sol del verano. No importa cuanto se aleje uno, me temo. Al final volvemos a encontrarnos. Año tras año, día tras día.
Cuando tenía tres años me llevaron del lugar donde nací y llegué aquí, donde estoy. Y sin embargo ni por un sólo instante deje de pertenecer a aquel sitio, como algo involuntario, como algo inevitable.
Escrita por Ferdinand Jacquemort | Guardada en Itinerarios | Nadie dijo nadaItinerario africano: Tánger
Quién sabe si impulsado por mis reflexiones ayer sobre la “vida de aventura” de Rimbaud, quién sabe si debido a mi lectura actual (Impresiones de África, de Raymond Roussel), quién sabe si por algunos otros motivos que irán surgiendo, he decidido iniciar un viaje por África sin moverme del sitio, que es seguramente a lo que puedo aspirar. Ni tan siquiera se qué pretendo con ello ni dónde me quedaré, pero al menos algo andaremos, utilizando los medios más diversos, en los que aviones, camiones, camellos y demás artificios vendrán reemplazados por imágenes, fotogramas, palabras y abstracciones. En fín, probemos.
Nunca estuve en África. Está bien decirlo… Ni tan siquiera cerca. Tampoco es que sienta especial atracción por aquel continente. No. No es eso. África es quizás aquel sitio en el que nunca estaré (uno de tantos). Y sin embargo nada me hace dudar de que este primer viaje debe ser africano o no ser nada. Y en ese orden precario de cosas, pienso que si alguna vez tuviera que empezar por algún sitio ese itinerario, ningún lugar podría sustituir a Tánger.
Una simple atracción por ese nombre, un puñado de referencias literarias nunca leídas, una idea imprecisa (seguramente irreal de sus calles), todo… bien poco.
Edgardo Cozarinsky rodó un documental sobre los fantasmas de Tánger, un documental que no vi. Sin embargo, tengo grabado en mi cabeza uno de sus fotogramas, que ya utilicé. Para mi la ciudad es ese niño acróbata. Un niño acróbata en una ciudad azul. Y no porque la ciudad esté junto al mar (también esta lo está), sino porque ese color, el azul del cielo, sí, y el azul de ese mar, pero también otros azules más indefinibles, quizás sólo sentimentales, caen sobre todo. Y entre eso todo, las terrazas, lugares de mi atracción de los que no descendería jamás. El extraño placer de subir a un lugar alto, muy alto, y ver la proyección de terrazas de las ciudades, esos lugares insospechados, escondidos.
Miro embobado esas terrazas. Sucesiones de antenas, de hierros que apenas son más que chatarra. Antenas parabólicas. Ropa tendida, muros resquebrajados, sucios, no: viejos. Algunas ventanas son tan pequeñas, tan poca cosa, que recuerdan aquellas paredes bombardeadas, tiroteadas. Me gusta entre todo, una escalera de ladrillos rojiza que sube a una terraza igualmente rojiza. Desde allí, se ve el puerto. Lejano, cercano. Sentado en el suelo, en un rincón me gustaría quedarme ahí para siempre, entre la brisa. No esperar nada.
Creo que me quedaré unos días más en esta ciudad…
Escrita por Ferdinand Jacquemort | Guardada en Itinerarios | Nadie dijo nada