Un verano poblado de monstruos…

July 23rd, 2009

El campo se ha poblado este año de monstruos. Un pastor de ovejas, un campesino y una mujer han visto acercárseles y luego huir una especie de chimpancé hirsuto, negrísimo y gigantesco. Muchos campesinos han visto la biddina, una serpiente acuática que sin embargo está también a sus anchas en la tierra reseca; es tan gorda como un brazo, tiene más de dos metros de largo y duras crestas en la cabeza. Se fantaseaba en torno a ella en los años de mi infancia; pero nadie afirmaba entonces haberla visto; ahora, en cambio, la ven muchos. Y están también las guizzine, que por diabólica metarmofosis nacen en el agua de los pelos de caballo: de la crin, de la cola. Son ondulantes víboras acuáticas, venenosísimas.

A pocos kilómetros, entre los templos de Agrigento, hay también un fantasma. Parece que mora en el Deméter. Sale de noche, centelleando. Ha dicho llamarse Petrone, pero tal vez haya sido mal entendido; es probable que se trate de Petronio, irresistiblemente evocado por los dos Satiricones cinematográficos.

Diríase que está empezando una era de monstruos y fantasmas. El «sobrenatural triste», de Chesterton está a punto de poblar el mundo, de invadirlo. Del pagus llegará a la metrópoli. Inevitablemente. El sueño de la razón produce monstruos.

Leonardo Sciascia, Negro sobre negro, traducción de Joaquín Jordá para Bruguera

A Sciascia le reprocharé siempre no haber leído a Céline por cuestiones “políticas” (o quizás “morales”). Bueno, no, no se lo reprocharé. A Leonardo Sciascia se lo perdono todo. Lo conocido y los desconocido. Este fragmento da vueltas en mi cabeza desde hace años… Una de esas cosas sin explicación. Su verano de monstruos es mi verano de monstruos. Los monstruos cambian, los veranos se parecen todos sin remedio. Bueno, no todos. Hubo uno que no. Por lo demás, los veranos se parecen todos sin remedio…

María Durán, fotografía (La Mancha)…

La literatura como lujo

July 21st, 2009

Sólo se escribe con autenticidad bajo una condición: que a uno le dé todo igual, se pase por el forro las consignas.

(…)

Lo que suele estropear esta actividad es la preocupación que tiene el escritor débil por ser útil.

(…)

En ocasiones el escritor se rebaja al dejar, cansado de su soledad, que su voz se mezcle con la de la muchedumbre. (…) Su verdadera tarea es completamente opuesta: sacar a la luz esa parte intangible que hay en la soledad de cada uno y que nadie podrá avasallar nunca. Una sola finalidad política responde a su esencia: el escritor sólo se puede comprometer con la lucha por la libertad, manifestando esa parte libre de nosotros mismos que ninguna fórmula puede definir, sino solamenta la emoción y la poesía de las obras desgarradoras. Más que luchar por la libertad tiene que hacer uso de ella, encarnarla en lo que dice. En ocasiones su propia libertad llega a destruirle: ello es lo que la hace más fuerte. Entonces, lo que está obligado a amar es la libertad atrevida, altiva y sin límites, que a veces causa la muerte, que incluso hace amar la muerte. Un escritor de verdad muestra -a través de la autenticidad de sus escritos- el rechazo al servilismo (y en primer lugar el odio a la propaganda). Precisamente por ello no se deja arrastrar por la muchechumbre y sabe morir en soledad.

Georges Bataille, La literatura como lujo, traducción de Ana Torrent para Versal

No hay nada más triste, pienso, que pretender que la escritura sea útil, en algún modo, y para que lo sea, renunciar a uno mismo o quizás, simplemente, ser lo bastante superficial. Así, asistimos al desmoronamiento de las palabras, se nos escapan entre los dedos de las manos como granos de arena. Sólo quería decir que yo ya no escribo como cuando empecé este cuaderno hace cerca de dos años. Y aunque llevo semanas preguntándome por los motivos y días con la respuesta sobre mis espaldas (como un peso más), he necesitado encontrar este texto de Bataille para entender o entenderme. Cuando escribía entonces y esperaba las imágenes de la persona que quería, la literatura era un lujo, vivir era un lujo. Ni una cosa ni otra pretendían tener ninguna utilidad, no había ninguna exigencia. Era libre y sí, estaba la emoción y también la poesía. Nadie conocía este lugar. Sólo ella. Cuando (le) escribía, aquí o allá, sólo le escribía a ella. Las muchedumbres, los otros, quedaban demasiado lejos. La escritura es un acto de profunda intimidad y el escritor, después de todo, un exhibicionista.

Pretender conscientemente llegar a los demás es una estupidez. Como decía Bohumil Hrabal, todo camino hacia el otro pasa por uno mismo. Este cuaderno de apuntes no tiene sentido así. A partir de ahora será otra cosa, que quizás no interese a nadie (como si ahora interesara a alguien), pero será así o no será.