Bellos días, ratones de tiempo
Michel Simon, Serge Gainsbourg, L’herbe tendre
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Bellos días, ratones de tiempo, roéis mi vida poco a poco… (La souris, Guillaume Apollinaire)
Hace un magnífico día de invierno, soleado, un día que es la promesa de todos aquellos otros que vendrán, mejores. Michel Simon y Serge Gainsbourg estaban tumbados en la hierba, y bebían unos vasos de vino. Mientras, cantaban esta canción, la tierna hierba, sin preguntarse demasiadas cosas, que es como hay que cantar estas canciones (y vivir la vida). Y eso es todo.
Viajes en motocicleta
Debía de tener catorce o quince años, supongo, cuando subí por primera vez en motocicleta (conscientemente). Mi abuelo acababa de morir y mi vecino me acercó al colegio por no se qué papeles. Atravesando las huertas y campos que nos rodean, recuerdo aquel momento como esas escenas de las películas taiwanesas en las que dos, invariablemente, atraviesan los lugares de este mismo modo, en esa misma posición, bajo un fondo parecido. Un tiempo después, cogí la vieja Ducatti que mi abuelo se había traído del pueblo y vivía sus ultimos años en un rincón de un garaje. Fue un gran momento. Di unas vueltas al barrio, dos, quizás tres. Era un día de verano, como estos. No había nadie en las calles. Sólo los insectos. Igual que aquel verano de Sciascia que estaba lleno de monstruos, mis veranos de aquel entonces estaban llenos de insectos, de insectos muertos, además. Los encontraba patas arriba en las aceras y supersticiosamente me pasaba la mano por la cabeza…
Aquellas pocas vueltas me decidieron: yo quería tener una motocicleta. Por supuesto, no la tuve.
Pasaron más de diez años. Un día, en el cine, en la Filmoteca, vi como Nanni Moretti recorría las calles de Roma en su Vespa, en Caro Diario, y pensé que eso era también lo que quería hacer yo. Quería motorear por ahí, vagabundear, ir mirando edificios o gente bailar, bajo la música de Leonard Cohen o aquella música árabe, con las manos agitadas al viento rítmicamente. Y también visitar la tumba de Pasolini. Trazar ese recorrido que va de la miseria cotidiana a la grandeza de un hombre comprometido con su tiempo (y compromoterse no es necesariamente encadenarse a las cosas, a los barcos, a los árboles, a las chimeneas,… es también ser honesto con uno mismo, con los demás, desde la escritura, el cine, todo). Cuando vi aquella escena, mi corazón dio un vuelco. Moretti recorría estas mismas playas, bajo este mismo cielo azul, con los mismos contenedores de basura, los mismo guardaraíles y los mismos turistas extraviados, las mismas señales y los mismos semáforos, la misma arena mojada.
Sí, era necesario: tenía que tener una motocicleta yo también. De nuevo, no hice nada.
Pasaron muchas más estaciones, muchos más años, muchas más ilusiones y desilusiones, mucho más todo. No me gustan los automóviles. Iba a todos los lados en autobús, luego en metro. Cuatro horas al día de metro, quizás más. Podría haber leído todos los libros del mundo… varias veces… No lo hice. Dedicaba mi tiempo a mirar a los demás, a dormir, o a mantener el equilibro, según la suerte de los días. Luego empezaron a dar periódicos gratuitos y yo me cogía varios y los miraba de principio a fín, una y otra vez. Ahí me di cuenta que este mundo es una completa estupidez. Siempre lo había intuído, pero ahora, finalmente, tenía pruebas.
Un día de verano, otro verano, ni mejor ni peor que aquel otro, ni mejor ni peor que éste, un verano vulgar, en definitiva, dedicí que tenía que comprarme una motocicleta. Habían pasado veinte años desde mi primera y firme decisión, pero allí estaba finalmente, esperándome.
Juntos desde entonces, mi motocicleta y yo formamos a veces una sola cosa. Ella es un poco ridícula y yo soy también un poco ridículo. Pero hay momentos compartidos que deben estar próximos a la felicidad…
Escrita por Ferdinand Jacquemort | Guardada en Tiempos | Palabrejas: Motocicleta, Nanni Moretti, Pier Paolo Pasolini | 2 escribieron alguna cosaIntrucciones para seguir siendo felices

Intrucciones para ser felices

