Algunas veces, nada es todo

February 5th, 2010

http://www.metacafe.com/watch/yt-EG7rjOslmYg/

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Jacques Rivette, Une aventure de Ninon / Lumière et Cie, 1995

Ser Jacques Rivette… otra vez

February 2nd, 2010

Creo que hay que hacer las cosas fáciles y dejar las cosas difíciles para los pedantes de turno.

Jacques Rivette, L’amour fou, 1969 / Citado por Serge Daney
en una entrevista con el director

En noviembre de 1969, con la entrevista a Marguerite Duras, Jacques Rivette firma por última vez en Cahiers (que por supuesto seguirán hablando de él como realizador): ahí termina su carrera pública de crítico; con él desaparece, quizás, el último gran moralista de la crítica francesa, el extremista de la puesta en escena, discutible quizás por sus juicios tajantes, pero indispensable si se piensa en su contribución a la indicación de un recorrido crítico a más de una generación. Y en estos años, donde toda orientación cinematográfica, cualquiera que sea, parace haberse perdido, percibimos todavía más su desgarradora ausencia.

Paolo Mereghetti, Jacques Rivette, crítico / Jacques Rivette, «La regla del juego»,
editado por la Filmoteca de la Generalitat Valenciana y la Filmoteca Española

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Jacques Rivette, 36 vues du Pic Saint Loup, 2009

El misterio Koumiko

January 31st, 2010

Koumiko Muraoka, que tiene más de 20 años pero menos de 30 y nació en Manchuria, odia la mentira. Asistió a la escuela franco-japonesa. Odia las máquinas de escribir eléctricas y a los ligones. La conocí por accidente en Tokio durante los Juegos. Koumiko no es una japonesa típica, si es que eso existe. Ni una chica típica, ni una chica moderna. No es un ejemplo de nada. Ni de clase ni de raza. No como otras mujeres. Es como las mujeres que son distintas. Lo cual es algo. Vive el día a día. Está asombrada de ser la protagonista de una película. Tiene muy claro que no hará historia. Con todo, ella es historia igual que tú, yo y el Papa. Y Japón está a su alrededor por todas partes.

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Chris Marker, Le mystère Koumiko, 1965


Urbanismo poético - Entrañas - f1

September 15th, 2009

Están las cosas devastadas, las cosas destruídas, y también las heridas, las cicatrices que quedan al descubierto, que permanecen en los vivos. También en los edificios. La demolición de un edificio deja sobre las paredes del otro fragmentos de su propia historia. Vemos trozos de baños, de azulejos, el espacio que ocupaban los cuadros, el papel de las paredes, los colores dispares, los últimos cables,… Trazos.

En la ciudad vieja encontramos restos de esos animales muertos. Nada vino a reemplazarlos. Cayeron, un día, y ni tan siquiera se podía culpar a la especulación inmobiliaria. Hay batallas que se pierden así, silenciosamente.

Un día, caminando, me encontré frente a un enorme mural que me saludaba con aquel famoso “Bonjour tristesse”, frase generacional. Entonces volví a tener esperanzas. Esperanzas con esta maldita ciudad, de que algún día todo será diferente. Miré las paredes, las heridas abiertas alrededor, y las imágenes se descolgaban por las paredes desnudas, sombras inmensas…

La fotografía es mía. También se puede admirar (ironía) en blanco y negro

Cosas pequeñas, cosas grandes

July 27th, 2009

No hay región que acabe de gustarme, ya sabéis qué clase de viajero soy.

Se construyen bien las cosas pequeñas. ¡Pero lo que es las grandes! Jamás vi una ciudad bien construida, raras veces una colina bien asentada. ¡Nunca un panorama perfecto!

Si pudiese dar relieve a una provincia…

Henri Michaux, Ecuador. Diario de un viaje, traducción de Cristóbal Serra para Tusquets

Leo este libro del escritor francés, del que ya me fascinó aquel otro libro suyo de viajes, Un bárbaro en Asia. Aquí es más comprensivo. De momento. Leo este fragmento. Pienso en mi mismo, que siempre aprecié las cosas pequeñas (quizás porque no podía apreciar las grandes). Sin embargo, me gustaban las ciudades, y pensaba que una línea discontinua sobre el asfalto o las luces intermitentes y anaranjadas de los semáforos podían ser tan bellas como un riachuelo o el canto de un pájaro. Curioso pensamiento para alguien que vivió hasta las tres años en un estado de salvajismo callejero en una aldea perdida en un lugar sin principio ni final. Ahora tengo mis dudas. Como tengo mis dudas en todo. Soy aquel señor Duda de El diario de un caracol, de Günter Grass. Por eso nunca podré ser un tirano, ni invadir países, ni hacer nada útil (ni inútil): porque dudaré. O quizás si.

Pienso en Josef Sudek (de nuevo). Durante años se dedicó a fotografiar lo que veía desde la ventana de su casa. El viento, la brisa del mar, no demasiado lejano, agita las cortinas inexistentes de mi estudio. Frente a mi, están casi todo los libros que logré reunir, puestos en un respetuoso desorden (respetuoso con la memoria de Georges Perec). Sudek fotografió infinidad de cosas pequeñas, y también aquella carretilla en las obras de la Catedral de San Vito, en Praga, sobre ese montón de tierra. La belleza de las cosas estúpidas. Y una idea… un pensamiento extraviado… la belleza no está contenida en los objetos mirados, sino en la mirada que los observa… Y un temor… cómo transmitirla…

Tarde crepuscular de un verano…

July 15th, 2009

Música…

Dos personas que miran una misma cosa nunca ven lo mismo… Yo estuve allí, ella también. Y aquellos niños, de todos los tamaños, formas y géneros. Primero eran chinos, luego de todas las nacionalidades. Y un perro también. Sí, estaba aquel perro, que corría tras una pelota. Y aquellas palomas inválidas de guerras callejeras. Como algo contagioso, jugaban con el agua de aquellas fuentes lunares. Nosotros los miramos durante horas en aquella tarde crepuscular de verano, esperando a Paolo Conte, creo. Ahora, con las fotografías de aquel instante, las imágenes retenidas, atrapadas en ese blanco y negro tan especial, se que ella veía otra cosa. Pero no cualquier cosa: veía lo que yo sentía. Y también lo que yo siempre quise ver. Y no supe. Demasiado tarde, siempre demasiado tarde. No, una persona no se puede cambiar por otra.

La fotografía es de María Durán y alguna más (maravillosas) se pueden encontrar aquí. La música es de Paolo Conte, luna de mermelada,… Actos de hipnotismo…

L’Atalante, película

July 13th, 2009

Pensar en L’Atalante, ver su imágenes dando vueltas en nuestra cabeza, una vuelta, otra,… Juliette que camina vacilante sobre la cubierta de la barcaza… Se acaba de casar con el patrón, el joven Jean. Todavía viste el traje de novia, aún lleva el ramo de flores en la mano, un gato salta sobre él, ella se asusta, Jules, marinero, acordeonista aficionado, prepara la partida,… Jean Vigo nunca logró nada en vida, y todo muerto. L’Atalante fue mutilada, destrozada, remontada, perdió hasta su nombre. Jean Vigo murió poco después. Llevaba la muerte grabada desde bien joven… tuberculosis… Michel Simon movía sus tatuajes. Ella se pierde. O se escapa. Quiere descubrir la ciudad, ese lugar soñado por una chica de pueblo, ese espacio mítico. Sigue a un personaje ambulante… deambulante. Él, Jean, la pierde. La busca, la sigue buscando. Enloquece. La ama. Es así. Cree verla en el agua, se lanza, atraviesa ese espacio, ella, espectro, está ahí, puede tocarla. No, no puede. Es bella, como siempre. No, es más bella que antes. Porque la ha perdido. Y las cosas que se pierden son más bellas, porque no son de este mundo, demasiado real. Jean Vigo, el más grande director surrealista, dicen. Creía en los sueños. En una vida sin fronteras, donde la esa realidad es sólo una cosa más, ni tan siquiera muy importante…

La felicidad debe ser absoluta, extracto

July 9th, 2009

Ésta es la historia de Bianca pero también de Odile, de Nanni Moretti, último cineasta italiano, y las mujeres, es decir, de Michelle Apicella, pero también de Raymond Queneau, matemático aficionado, y Jean-Luc Godard, escritor. Ésta es la historia de nuestra historia.

La felicidad debe ser absoluta

Bianca, Odile y las demás (o Michele Apicella y las mujeres) (o Nanni Moretti, primer tiempo)

En los confusos años treinta parisinos, Roland Travy regresa de un viaje por las islas griegas, un viaje en el que se reencuentra consigo mismo y asume que realmente quiere a Odile. Odile, que le espera en el puerto de Marsella. Años más tarde, Michele Apicella piensa en Bianca, no sabe qué hacer con ella, cómo estar a su lado, e invadido por ese desasosiego se toma un vaso de chocolate enorme. En los primeros sesenta, Odile y Franz ven desplomarse a Arthur, abatido a disparos. Nuestra historia termina mucho tiempo después, cuando Ho Po-Wing apoyó su cabeza en el hombro de Lai Yiu-Fai, en aquel taxi que cruzaba Buenos Aires y su desesperación, es decir, su amor.

En esta historia, como en todas las historias, hay un principio.

Moretti, primo tempo

Nanni Moretti confesaría mucho más tarde que cuando empezó a realizar cine tenía tres cosas claras: primera, contarse a sí mismo y su ambiente, generacional, político y social; segunda, no tomarse en serio, hablar de todo esto desde la ironía; tercera, no sólo estar tras la cámara sino también delante: dirigir, escribir, interpretar.

Io sono un autarchico (1976) cuenta la historia de un grupo variopinto de teatro experimental que se reúne para realizar una nueva obra… Lejos de las exploraciones de Jacques Rivette que también hizo lo mismo alguna vez, Moretti utiliza por primera vez en la pantalla el personaje multiforme de Michele Apicella, un tipo perturbador que se mueve entre la imposibilidad de poner expresiones dulces, una infancia nunca abandonada (que surge espontáneamente en los momentos más diversos) y la rabia. La búsqueda de actores, la preparación (física), los ensayos y la propia obra, junto con la separación del matrimonio de Michele y Simona, más el hijo de ambos, sirven para formar una primera aproximación demoledora a su mundo, que tiene el valor de una primera obra que soñaba con el cine (y tenía pesadillas con él).

Está la música de un debutante Franco Piersanti, llena de momentos propios y también ajenos. Suena un piano, un sintetizador: Michele camina de la mano de su hijo, que tendrá tres o cuatro años, fruto de un matrimonio joven que ni tan siquiera recuerda el motivo por el que se casaron. Van al encuentro de Simona (ella). Michele corta un pedazo de su cabello, lo mete en una cajita y se lo da. Ella quiere besarle a modo de despedida, pero él se echa para atrás y le da tan sólo la mano. Le hemos visto llorar al teléfono, incapaz de decirle nada, echarse por los suelos, suplicar, buscar motivos (sin demasiada convicción). Ese gesto, ese beso negado, último acto de su relación en pantalla, es ese movimiento constante entre el querer y el ser, del mismo modo que es el comienzo en el cine de Moretti del camino que lleva del yo a el otro. Es decir, el camino que lleva de la autarquía hasta Bianca… Un camino en el que empleará siete años, cuatro películas, un hijo, dos madres, un padre, cuatro Micheles (quizás más, debido a su personalidad trastornada), varias compañeras, amantes, rupturas, desencuentros… en fin, tantas cosas.

… (puntos suspensivos) Aquí si que puedo ponerlos… (dedicado a Óscar)

(Extracto del artículo publicado en la revista L’Atalante)

Karina. Odile. Godard. Cinema. Bande à part.

July 7th, 2009

Próximamente, el jueves 9 de julio, en la Casa del Libro de Valencia,…

Los amos locos, de Jean Rouch

July 6th, 2009


Los amos locos (Les maïtres fous), de Jean Rouch, es una muestra importante de un cine documental que no recuncia a su esencia, que debe ser, quizás, mostrar… o mejor, estar. Cuando el etnólogo y cineasta francés proyectó esta película antes sus camaradas y algunos jóvenes negros, estos le pidieron que no la estrenase en público, temerosos de la imagen que podía dar de la sociedad africana. Rouch se negó. Y es que Los amos locos, pequeño documental que gira alrededor de una secta, los Hauka, que se reunen de cuando en cuando para someterse a unos ritos de posesión por los que se ven transformados en figuras del dominio colonial y sometidos a unos rituales no para todos los estómagos, no deja ningún lugar al exotismo y si a un erróneo primitivismo, que no oculta más que los efectos (perversos) de la colonización en África, y Rouch está, está ahí, su cámara mira, muestra todo ese horror sin recrearse en nada, mientras su comentario ilumina toda esa oscuridad, para acabar con un final en el que vemos a esos mismos poseidos en su vida de cada día (ver fotografías), e incluso podemos percibir que son buena gente, incluso los mejores… sin que la sombra de aquellos otros nos deje… y no dejemos de preguntarnos que se esconde en el interior de las personas, en el nuestro propio, y de qué no seremos capaces…

Los amos locos, forma parte del cofre que ha editado maravillosamente la española Intermedio, dedicado a Jean Rouch. Volveremos sin duda sobre su contenido…