Itinerario africano: Tánger
Quién sabe si impulsado por mis reflexiones ayer sobre la “vida de aventura” de Rimbaud, quién sabe si debido a mi lectura actual (Impresiones de África, de Raymond Roussel), quién sabe si por algunos otros motivos que irán surgiendo, he decidido iniciar un viaje por África sin moverme del sitio, que es seguramente a lo que puedo aspirar. Ni tan siquiera se qué pretendo con ello ni dónde me quedaré, pero al menos algo andaremos, utilizando los medios más diversos, en los que aviones, camiones, camellos y demás artificios vendrán reemplazados por imágenes, fotogramas, palabras y abstracciones. En fín, probemos.
Nunca estuve en África. Está bien decirlo… Ni tan siquiera cerca. Tampoco es que sienta especial atracción por aquel continente. No. No es eso. África es quizás aquel sitio en el que nunca estaré (uno de tantos). Y sin embargo nada me hace dudar de que este primer viaje debe ser africano o no ser nada. Y en ese orden precario de cosas, pienso que si alguna vez tuviera que empezar por algún sitio ese itinerario, ningún lugar podría sustituir a Tánger.
Una simple atracción por ese nombre, un puñado de referencias literarias nunca leídas, una idea imprecisa (seguramente irreal de sus calles), todo… bien poco.
Edgardo Cozarinsky rodó un documental sobre los fantasmas de Tánger, un documental que no vi. Sin embargo, tengo grabado en mi cabeza uno de sus fotogramas, que ya utilicé. Para mi la ciudad es ese niño acróbata. Un niño acróbata en una ciudad azul. Y no porque la ciudad esté junto al mar (también esta lo está), sino porque ese color, el azul del cielo, sí, y el azul de ese mar, pero también otros azules más indefinibles, quizás sólo sentimentales, caen sobre todo. Y entre eso todo, las terrazas, lugares de mi atracción de los que no descendería jamás. El extraño placer de subir a un lugar alto, muy alto, y ver la proyección de terrazas de las ciudades, esos lugares insospechados, escondidos.
Miro embobado esas terrazas. Sucesiones de antenas, de hierros que apenas son más que chatarra. Antenas parabólicas. Ropa tendida, muros resquebrajados, sucios, no: viejos. Algunas ventanas son tan pequeñas, tan poca cosa, que recuerdan aquellas paredes bombardeadas, tiroteadas. Me gusta entre todo, una escalera de ladrillos rojiza que sube a una terraza igualmente rojiza. Desde allí, se ve el puerto. Lejano, cercano. Sentado en el suelo, en un rincón me gustaría quedarme ahí para siempre, entre la brisa. No esperar nada.
Creo que me quedaré unos días más en esta ciudad…
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