Itinerario africano: Tánger, segundo dÃa
Llegado a un cine, todo acaba pareciéndose. O quizás todo nos lleva a otra parte, a algún rincón incierto de la memoria. Al ver este Cine Alcázar, recuerdo el cine de mi pueblo, convertido ahora en un extraño museo de cosas perdidas: coches en miniatura que alguna vez fueron juguetes, carteles taurinos, un toro disecado, el viejo proyector, motocicletas que perdieron su sentido, botellas vacÃas en el bar del sótano, artilugios de labranza, peces en urnas,…
En fÃn, qué se yo. La bombilla de Philips se rompió, como esa ventana del cine de Tánger… Todo es algo más nuevo, cierto.
No haré comparaciones odiosas con los cines de ahora.
Recordaré aquellos otros. Cuando nos llevaban de pequeños en el colegio a ver todos los años una pelÃcula (siempre la misma), o los programas dobles, los carteles de pelÃculas de Bruce Lee, o Li, o Le, o Leung. Y luego los veranos, el cine al aire libre, en cualquier calle, con la gente que se traÃa las sillas. Parece que hablo de tiempos prehistóricos, pero ni tan siquiera soy tan viejo. Todo va deprisa deprisa.
No sólo ese cine abandonado en la ciudad azul me recuerda aquel otro pueblo. También las calles extrechas y empinadas, escalones de piedra, subidas interminables bajo el sol del verano. No importa cuanto se aleje uno, me temo. Al final volvemos a encontrarnos. Año tras año, dÃa tras dÃa.
Cuando tenÃa tres años me llevaron del lugar donde nacà y llegué aquÃ, donde estoy. Y sin embargo ni por un sólo instante deje de pertenecer a aquel sitio, como algo involuntario, como algo inevitable.
Guardada en Itinerarios |Escribir un comentario
