La felicidad debe ser absoluta, extracto
Ésta es la historia de Bianca pero también de Odile, de Nanni Moretti, último cineasta italiano, y las mujeres, es decir, de Michelle Apicella, pero también de Raymond Queneau, matemático aficionado, y Jean-Luc Godard, escritor. Ésta es la historia de nuestra historia.
La felicidad debe ser absoluta
Bianca, Odile y las demás (o Michele Apicella y las mujeres) (o Nanni Moretti, primer tiempo)
En los confusos años treinta parisinos, Roland Travy regresa de un viaje por las islas griegas, un viaje en el que se reencuentra consigo mismo y asume que realmente quiere a Odile. Odile, que le espera en el puerto de Marsella. Años más tarde, Michele Apicella piensa en Bianca, no sabe qué hacer con ella, cómo estar a su lado, e invadido por ese desasosiego se toma un vaso de chocolate enorme. En los primeros sesenta, Odile y Franz ven desplomarse a Arthur, abatido a disparos. Nuestra historia termina mucho tiempo después, cuando Ho Po-Wing apoyó su cabeza en el hombro de Lai Yiu-Fai, en aquel taxi que cruzaba Buenos Aires y su desesperación, es decir, su amor.
En esta historia, como en todas las historias, hay un principio.
Moretti, primo tempo
Nanni Moretti confesarÃa mucho más tarde que cuando empezó a realizar cine tenÃa tres cosas claras: primera, contarse a sà mismo y su ambiente, generacional, polÃtico y social; segunda, no tomarse en serio, hablar de todo esto desde la ironÃa; tercera, no sólo estar tras la cámara sino también delante: dirigir, escribir, interpretar.
Io sono un autarchico (1976) cuenta la historia de un grupo variopinto de teatro experimental que se reúne para realizar una nueva obra… Lejos de las exploraciones de Jacques Rivette que también hizo lo mismo alguna vez, Moretti utiliza por primera vez en la pantalla el personaje multiforme de Michele Apicella, un tipo perturbador que se mueve entre la imposibilidad de poner expresiones dulces, una infancia nunca abandonada (que surge espontáneamente en los momentos más diversos) y la rabia. La búsqueda de actores, la preparación (fÃsica), los ensayos y la propia obra, junto con la separación del matrimonio de Michele y Simona, más el hijo de ambos, sirven para formar una primera aproximación demoledora a su mundo, que tiene el valor de una primera obra que soñaba con el cine (y tenÃa pesadillas con él).
Está la música de un debutante Franco Piersanti, llena de momentos propios y también ajenos. Suena un piano, un sintetizador: Michele camina de la mano de su hijo, que tendrá tres o cuatro años, fruto de un matrimonio joven que ni tan siquiera recuerda el motivo por el que se casaron. Van al encuentro de Simona (ella). Michele corta un pedazo de su cabello, lo mete en una cajita y se lo da. Ella quiere besarle a modo de despedida, pero él se echa para atrás y le da tan sólo la mano. Le hemos visto llorar al teléfono, incapaz de decirle nada, echarse por los suelos, suplicar, buscar motivos (sin demasiada convicción). Ese gesto, ese beso negado, último acto de su relación en pantalla, es ese movimiento constante entre el querer y el ser, del mismo modo que es el comienzo en el cine de Moretti del camino que lleva del yo a el otro. Es decir, el camino que lleva de la autarquÃa hasta Bianca… Un camino en el que empleará siete años, cuatro pelÃculas, un hijo, dos madres, un padre, cuatro Micheles (quizás más, debido a su personalidad trastornada), varias compañeras, amantes, rupturas, desencuentros… en fin, tantas cosas.
… (puntos suspensivos) Aquà si que puedo ponerlos… (dedicado a Óscar)
(Extracto del artÃculo publicado en la revista L’Atalante)
Guardada en Imágenes | Tags: Nanni Moretti |Escribir un comentario
