Itinerario africano: Tánger, tercer dÃa
Definitivamente, ya no son sólo los cines lo que se parecen. Los lugares acaban pareciéndose… quizás son todos uno sólo. Viendo Tánger todo es conocido, todo está visto. Las calles, las gentes, los espacios, el mar, el cielo azul,… Todo. También los cafés. Me gustán los cafés (e incluso ya les dediqué su espacio). Son como el último reducto de algo, indefinible. PodrÃamos pensar que es un lugar para el encuentro, ya no con alguien sino con todos, como si algo nos uniera inevitablemente a los demás, a todos los que están allá. Pero no acaba de ser del todo cierto. Idealizaciones… Como las cervecerÃas hrabalianas (en realidad, de toda la literatura centroeuropea), es como si el mundo se hubiera venido a encerrar ahÃ. El mundo que nos interesa. Un poco pequeño, sÃ, igual lleno de gente igualmente pequeña (me gustan más los cafés populares que aquellos otros frÃos y grises con gente que parece estar planeando algo… que no es lo mismo que conspirando… conspirar es mucho más interesante). Me gusta observar, mirar, y ni tan siquiera soy muy discreto. Escuchar fragmentos de conversaciones, frases dirigidas o no a uno, movimientos, gestos,… todo sirve, todo está ahà para ser observado (y serlo también nosotros), piezas de ese engranaje que muy la maquinaria de esta vida… Pero no hay que ser demasiado exagerados… En realidad, entre todo admiro la simpleza, ese despojamiento de nosotros mismos, abandonados frente a un café, un refresco, un batido o la última copa del dÃa (última, primera,…). Un momento para ser reales…
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