En un café…

Una vida marcada por los cafés… SÃ, desde bien joven… Era el sitio… Aquel café frente a aquella escuela para chicas que querÃan ser amables con los pasajeros de algún avión, que querÃan ser como aquella de Chungking Express, de Wong Kar-wai… SÃ, eso… AllÃ, expuestas a aquel camarero algo verde, en aquella cafeterÃa un poco como todas, pero que tenÃa un piano, que nadie tocaba, o muy de cuando en cuando… no sé, nunca lo vimos… Se estaba bien… Luego se fue, luego cerró, luego cambió… para no volver nunca más… Y durante muchos años, la cafeterÃa del Rialto, de la Filmoteca, con todos aquellos actores y directores de medio pelo, y aquel restaurador un poco loco, que soñaba con pasar unos dÃas en el Hotel Romántico, en no sé que lugar de Barcelona, provincia, que se obstinaba en sentarse a nuestro lado y más tarde con nosotros… Y aquella misteriosa mujer del pelo blanco, con su esperpéntico grupo y, en definitiva, todas esas cosas raras, que seguramente nos marcaron, porque nos dejábamos llevar… Era lo único que hacÃamos, dejarnos llevar, dejar pasar los minutos, las horas y los dÃas… los meses y los años… nada glorioso, y sin embargo… Finalmente, aquella otra, en una calle de esas que no son nada, que llevan de un sitio a otro y ese es su único sentido… Toda esa gente de siempre, aquellas dos hermanas, la sofisticación de una frente a la cuidada sencillez de la otra, con esos aires tan de comuna que sólo habÃa visto en las fotografÃas de las revistas de moda… Estaba el jefe, que luego murió… Esas cosas que se saben por un gesto de los demás… algunas miradas extraviadas, poca cosa… Y más, muchos más cafés, infidelidades a los otros…
Todo para llegar a un último café… escondido en una esquina, viejo, olvidado, exhausto, con un sólo ventilador de aspas, anecdótico, como todo, como el piano escondido, como los espejos desgastados que te hacen formar parte de un tiempo que ni existe ni existió, las luces agotadas, las mesas abandonadas por las máquinas de coser… Un lugar para el encuentro de los brazos izquierdos con las manos izquierdas…
Guardada en Flores azules | Tags: MarÃa Durán |3 escribieron alguna cosa en “En un café…”
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Un lugar en el que quedó algo de nosotros aunque nosotros ya no seamos los mismos…
Besos y bares
Cierto… y mejor no lo pienso… porque todo lo que deje en ese café (o sólo una cosa), convirtieron a ese lugar en… no sé… Cualquier dÃa me lo pienso y lo escribo.
Qué bien escritos están estos post, leches.