¡Tic… tac!

Cito de memoria, traduzco un poco asÃ, infielmente… Bellos dÃas, ratones del tiempo, roéÃs mi vida poco… He vivido veintiochos años, perdidos, como si nada… Apollinaire conocÃa el sentido del tiempo… lo conocÃa de una manera trágica, que su prematura muerte vino a confirmar… Lo conocÃa como lo conocen todos los que esperan, porque el tiempo, cuando uno espera, toma un sentido emocional, en el que las horas ya no son iguales unas a otras, sino que tienen personalidad, una vida propia, y expresan sentimientos… Uno puede haberse pasado toda la vida sin encontrarle sentido a las siete de la tarde de un domingo, pero un dÃa, esta hora, este instante, puede tener un significado preciso, de adioses, de trenes que se marchan, qué se yo…
Para una persona obsesionada con el tiempo, rodeada de relojes (de pared, de sobremesa, de pulsera, despertadores, radio despertadores, cosas que dan la hora… ordenadores, reproductores de música, de vÃdeo, televisores…), la espera se convierte en un acto de intensa desesperación, y el mirar los segundos, en una pulsión, un acto estúpido, sÃ, pero reflejo… reflejo quizás de un miedo a no estar realmente aguardando nada, que nadie llegue, que no ocurra ninguna cosa…
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Estas cosas que maravillan, poder leer lo que escribiste por el 2007 ahora y escribir del tiempo y sus juegos y pensar en Julio Cortázar y recordar algo que alguna vez leà en Rayuela y que ahora, a tiempo, viene a mà después de leerte:
“Era siempre yo y mi vida, yo y mi vida, frente a la vida de los otros y la irritación de estar pensando en todo eso y sabiendo que como siempre, me costaba mucho menos pensar que ser.”
Besos y minuteros