Número dos: Lo infraordinario, de Georges Perec
La prensa diaria habla de todo menos del día a día. La prensa me aburre, no me enseña nada; lo que cuenta no me concierne, no me interroga y ya no responde a las preguntas que formulo o que querría formular.
Lo que realmente ocurre, lo que vivimos, lo demás, todo lo demás, ¿dónde está? Lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual, ¿cómo dar cuenta de ello, cómo interrogarlo, cómo describirlo?
(…)
Quizás se trata finalmente de funda nuestra propia antropología: la que hablará de nosotros, la que buscará en nosotros lo que durante tanto tiempo hemos copiado de los demás. Ya no lo exótico sino lo endótico.
Georges Perec, Lo infraordinario, traducción de Mercedes Cebrián para Impedimenta
Georges Perec o el juego, el descubrimiento, la sorpresa, la pieza última de un rompecabezas siempre incompleto. Poder sorprendernos leyendo a alguien, a alguien que llevamos además años leyendo,… Quizás sea que yo amo las cosas pequeñas como las ama él, la literatura como juego, como él, no tomarme en serio, como él, pero ser serio, como yo. Ponerme reglas, restricciones, y saltármelas. Él no. Todo ese rigor, devuelto en forma de felicidad, la felicidad de leerle, de ver como la escritura puede ser otra cosa, y las palabras contenerlo todo, aún desde lo mínimo. Una palabra vale mil imágenes.
Lo infraordinario, como tantas cosas suyas, es un libro póstumo. Murió joven. Trabajó incansablemente, y su obra es extensa, aunque buena parte fuera encontrada por los cajones y recuperada de aquí y de allá. Aquí, habla de las cosas en las que nadie repara, porque están siempre ahí. Escribe el texto de doscientas cuarenta y tres postales, describe minuciosamente una y otra vez la calle donde vivió, la rue Vilin, con la misma intensidad con la que nos describe su escritorio. Y sin embargo, en toda esa aparente trividalidad, acaba por ser fascinante. Tal vez sólo esa porque nos transmite esa convicción, ese cariño por todo lo que le rodea. Quién sabe… Sólo hay que leerse su paseo por Londres para saber que este hombre fue único, irrepetible, y que yo quisiera escribir como él, y no lo lograré jamás. Y ese es otro, un fracaso más…
Georges Grosz, y su visión de una calle, es lo que ilustra estas líneas…
