Número cinco: La caza del carnero salvaje, de Haruki Murakami
- ¿En qué piensas? -me preguntó.
- Recuerdos… -le respondí.
Haruki Murakami, La caza del carnero salvaje, traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala para Anagrama
Estoy aquí, siempre más solo, cantaba Paolo Conte… Sigamos, saltando los días de dos en dos, luego de cuatro en cuatro, de ocho en ocho,… Haruki Murakami, decía. Empecé a leerlo porque tenía que leerlo. Tenía que leerlo porque tenía que conocerla, y como soy de ese tipo de persona que es ingenua por naturaleza (un imbécil, vamos), pensaba que cuando alguien lee a uno frecuentemente, ese uno encierra a ese alguien envuelto en sus palabras. Por supuesto lo único que logré es un poco más de confusión, pero al menos me enganché a la lectura entre frecuente y ocasional de este japonés amante del jazz y de los gatos… de los gatos que hablan… aunque yo, tras haberme leído buena parte de su obra, aún no he llegado a comprobarlo… Pero hablarán, seguro que hablarán… E igual también me dicen algo a mi.
La caza del carnero salvaje es una de sus primeras obras, cuando aún no era nadie. Como las primeras obras que luego vienen seguidas de muchas más obras, obras incluso coherentes entre si, tiene el valor de búsqueda, ocasionalmente de encuentro y a veces de error. Hay que apreciar los errores, porque son los últimos restos de una inocencia demasiado a menudo traicionada. Aquí Murakami se monta una novela policiaca sin policías, una historia que no busca culpables ni víctimas, sólo un carnero espabilado que se mete en el cuerpo de los demás, y cuyo último rastro es su aparición en una fotografía de montaña. Entonces está el viaje, los lugares, un treintañero desencantado (personaje fundacional de toooodos los personajes a venir) y una chica con las orejas más atractivas imaginables, capaz de cambiar el sentido de la vida.
Todo en conjunto da un libro sobre el desencanto y sobre el poder, y como el poder es igualmente desencantado. Nuestro escritor aún no domina todos los aspectos de su narrativa y de vez en cuando se nos pierde (para volverse a encontrar), y la descripción sistemática de lo habido y por haber le acerca más a un novelista por páginas, pero ofrece tantos grandes momentos que se lo podemos perdonar todo (y así será también el resto de su obra), además de construir personajes memorables y a menudo fugaces, como “una-chica-que-se-acostaba-con-todos”, que abre las primeras páginas y que podía ser perfectamente un relato, un hermoso relato sobre la necesidad de ser y luego de no ser. Y eso es todo. Y realmente no es poco.
Cómo os habréis dado cuenta (no sé porqué hablo en plural… ambición…), ahora me ha dado por poner fotografías mías (podría ser peor, pero no pondré fotografías de mi). Creo que es simple pereza o quizás la necesidad de una cierta homogeneidad basada en la mediocridad… En todo caso, ahí tenéis otra…
Escrita por Ferdinand Jacquemort | Guardada en Palabras | Palabrejas: Haruki Murakami | 2 escribieron alguna cosa
