Viajes en motocicleta
Debía de tener catorce o quince años, supongo, cuando subí por primera vez en motocicleta (conscientemente). Mi abuelo acababa de morir y mi vecino me acercó al colegio por no se qué papeles. Atravesando las huertas y campos que nos rodean, recuerdo aquel momento como esas escenas de las películas taiwanesas en las que dos, invariablemente, atraviesan los lugares de este mismo modo, en esa misma posición, bajo un fondo parecido. Un tiempo después, cogí la vieja Ducatti que mi abuelo se había traído del pueblo y vivía sus ultimos años en un rincón de un garaje. Fue un gran momento. Di unas vueltas al barrio, dos, quizás tres. Era un día de verano, como estos. No había nadie en las calles. Sólo los insectos. Igual que aquel verano de Sciascia que estaba lleno de monstruos, mis veranos de aquel entonces estaban llenos de insectos, de insectos muertos, además. Los encontraba patas arriba en las aceras y supersticiosamente me pasaba la mano por la cabeza…
Aquellas pocas vueltas me decidieron: yo quería tener una motocicleta. Por supuesto, no la tuve.
Pasaron más de diez años. Un día, en el cine, en la Filmoteca, vi como Nanni Moretti recorría las calles de Roma en su Vespa, en Caro Diario, y pensé que eso era también lo que quería hacer yo. Quería motorear por ahí, vagabundear, ir mirando edificios o gente bailar, bajo la música de Leonard Cohen o aquella música árabe, con las manos agitadas al viento rítmicamente. Y también visitar la tumba de Pasolini. Trazar ese recorrido que va de la miseria cotidiana a la grandeza de un hombre comprometido con su tiempo (y compromoterse no es necesariamente encadenarse a las cosas, a los barcos, a los árboles, a las chimeneas,… es también ser honesto con uno mismo, con los demás, desde la escritura, el cine, todo). Cuando vi aquella escena, mi corazón dio un vuelco. Moretti recorría estas mismas playas, bajo este mismo cielo azul, con los mismos contenedores de basura, los mismo guardaraíles y los mismos turistas extraviados, las mismas señales y los mismos semáforos, la misma arena mojada.
Sí, era necesario: tenía que tener una motocicleta yo también. De nuevo, no hice nada.
Pasaron muchas más estaciones, muchos más años, muchas más ilusiones y desilusiones, mucho más todo. No me gustan los automóviles. Iba a todos los lados en autobús, luego en metro. Cuatro horas al día de metro, quizás más. Podría haber leído todos los libros del mundo… varias veces… No lo hice. Dedicaba mi tiempo a mirar a los demás, a dormir, o a mantener el equilibro, según la suerte de los días. Luego empezaron a dar periódicos gratuitos y yo me cogía varios y los miraba de principio a fín, una y otra vez. Ahí me di cuenta que este mundo es una completa estupidez. Siempre lo había intuído, pero ahora, finalmente, tenía pruebas.
Un día de verano, otro verano, ni mejor ni peor que aquel otro, ni mejor ni peor que éste, un verano vulgar, en definitiva, dedicí que tenía que comprarme una motocicleta. Habían pasado veinte años desde mi primera y firme decisión, pero allí estaba finalmente, esperándome.
Juntos desde entonces, mi motocicleta y yo formamos a veces una sola cosa. Ella es un poco ridícula y yo soy también un poco ridículo. Pero hay momentos compartidos que deben estar próximos a la felicidad…
Escrita por Ferdinand Jacquemort | Guardada en Tiempos | Palabrejas: Motocicleta, Nanni Moretti, Pier Paolo Pasolini | 2 escribieron alguna cosaLa felicidad debe ser absoluta, extracto
Ésta es la historia de Bianca pero también de Odile, de Nanni Moretti, último cineasta italiano, y las mujeres, es decir, de Michelle Apicella, pero también de Raymond Queneau, matemático aficionado, y Jean-Luc Godard, escritor. Ésta es la historia de nuestra historia.
La felicidad debe ser absoluta
Bianca, Odile y las demás (o Michele Apicella y las mujeres) (o Nanni Moretti, primer tiempo)
En los confusos años treinta parisinos, Roland Travy regresa de un viaje por las islas griegas, un viaje en el que se reencuentra consigo mismo y asume que realmente quiere a Odile. Odile, que le espera en el puerto de Marsella. Años más tarde, Michele Apicella piensa en Bianca, no sabe qué hacer con ella, cómo estar a su lado, e invadido por ese desasosiego se toma un vaso de chocolate enorme. En los primeros sesenta, Odile y Franz ven desplomarse a Arthur, abatido a disparos. Nuestra historia termina mucho tiempo después, cuando Ho Po-Wing apoyó su cabeza en el hombro de Lai Yiu-Fai, en aquel taxi que cruzaba Buenos Aires y su desesperación, es decir, su amor.
En esta historia, como en todas las historias, hay un principio.
Moretti, primo tempo
Nanni Moretti confesaría mucho más tarde que cuando empezó a realizar cine tenía tres cosas claras: primera, contarse a sí mismo y su ambiente, generacional, político y social; segunda, no tomarse en serio, hablar de todo esto desde la ironía; tercera, no sólo estar tras la cámara sino también delante: dirigir, escribir, interpretar.
Io sono un autarchico (1976) cuenta la historia de un grupo variopinto de teatro experimental que se reúne para realizar una nueva obra… Lejos de las exploraciones de Jacques Rivette que también hizo lo mismo alguna vez, Moretti utiliza por primera vez en la pantalla el personaje multiforme de Michele Apicella, un tipo perturbador que se mueve entre la imposibilidad de poner expresiones dulces, una infancia nunca abandonada (que surge espontáneamente en los momentos más diversos) y la rabia. La búsqueda de actores, la preparación (física), los ensayos y la propia obra, junto con la separación del matrimonio de Michele y Simona, más el hijo de ambos, sirven para formar una primera aproximación demoledora a su mundo, que tiene el valor de una primera obra que soñaba con el cine (y tenía pesadillas con él).
Está la música de un debutante Franco Piersanti, llena de momentos propios y también ajenos. Suena un piano, un sintetizador: Michele camina de la mano de su hijo, que tendrá tres o cuatro años, fruto de un matrimonio joven que ni tan siquiera recuerda el motivo por el que se casaron. Van al encuentro de Simona (ella). Michele corta un pedazo de su cabello, lo mete en una cajita y se lo da. Ella quiere besarle a modo de despedida, pero él se echa para atrás y le da tan sólo la mano. Le hemos visto llorar al teléfono, incapaz de decirle nada, echarse por los suelos, suplicar, buscar motivos (sin demasiada convicción). Ese gesto, ese beso negado, último acto de su relación en pantalla, es ese movimiento constante entre el querer y el ser, del mismo modo que es el comienzo en el cine de Moretti del camino que lleva del yo a el otro. Es decir, el camino que lleva de la autarquía hasta Bianca… Un camino en el que empleará siete años, cuatro películas, un hijo, dos madres, un padre, cuatro Micheles (quizás más, debido a su personalidad trastornada), varias compañeras, amantes, rupturas, desencuentros… en fin, tantas cosas.
… (puntos suspensivos) Aquí si que puedo ponerlos… (dedicado a Óscar)
(Extracto del artículo publicado en la revista L’Atalante)
Escrita por Ferdinand Jacquemort | Guardada en Imágenes | Palabrejas: Nanni Moretti | Nadie dijo nadaMichelle e hijo al encuentro de la mujer, tragicomedia
Próximamente, el jueves 9 de julio,…
La soledad del corredor de fondo: Sogni d’oro
Próximamente…
