Número tres: Carta breve para un largo adiós, de Peter Handke

September 14th, 2009

Aquel horror y la necesidad de ser cuanto antes distinto y deshacerme por fin de aquello me impacientaron. El tiempo me parecía tan largo que volví a mirar el reloj. Mi familiar sentido histérico del tiempo hizo su aparición.

(…)

Sin embargo, pensé ahora, mi exagerado sentido del tiempo -lo que quiere decir quizá mi excesivo sentido de mí mismo- es un obstáculo para la serenidad y la capacidad de comprensión que quisiera lograr.

Peter Handke, Carta breve para un largo adiós, traducción de Miguel Sáez para Alianza

Conozco a Peter Handke desde hace mucho mucho tiempo… pero sólo de vista. Lo veía en las estanterías de la biblioteca municipal, cuando era un jovencito en busca de emociones tontas, y me gustaban los títulos de sus libros… Una persona que ponía tan maravillosos títulos no podía escribir mal. Y bueno, no escribía mal, sólo que me era incomprensible. Intenté leer La mujer zurda y no entendí nada. Intenté leer El miedo de portero ante el penalti y no entendí nada. Intenté… no, no intenté nada más. Compré dos libros suyos, uno de ocasión y otro nuevo (y eso era en aquel entonces un esfuerzo considerable, que el escritor austriaco debería haberme tenido en cuenta). Eran dos libros de aforismos, de pensamientos extraviados: El peso del mundo e Historia del lápiz. En un aforismo, el que resulte incomprensible es hasta interesante… Tampoco fui muy lejos con ellos. Y Handke desapareció así de mi vida. Coincidiamos alguna vez (en el cine, con El cielo sobre Berlín) y yo le seguía admirando, pero no nos hablábamos.

Entonces apareció Wim Wenders. De Wim Wenders podía contar una historia tan parecida que podía ser la misma, con los necesarios retoques. Pero esa, después de todo, es otra historia, y yo sólo quería decir que empecé a ver el cine de este hombre llevado por la necesidad de leer a aquel otro, y ahí estaba El miedo del portero ante el penalti (un ejercicio de estilo) y La mujer zurda (una obra de cámara), y sí, ahora todo estaba bien y todo se entendía, y Handke dejaba de ser un misterio para ser otra cosa.

Y luego llegó Carta breve para un largo adiós.

Escribir de este libro brevemente es un imposible. Escribir extensamente de él, también. Pienso que lo imposible es escribir sobre él. Demasiadas cosas, demasiado cercanas. El argumento no tiene mucho interés, después de todo. Sólo que hay un hombre que no logra capturar la realidad que le rodea, que no logra ver las cosas como son, que ni tan siquiera pretende verlas. Realiza fotos con una polaroid, esa máquina que nos devuelve los instantes de forma (casi) inmediata (y por lo tanto, aún no deformados por el recuerdo), pero al mirar esas fotografías, esas polarizaciones de lo que le rodea, de lo que está frente a él, no reconoce aquello que le muestran. Y esa es también su existencia, una existencia que no entiende (y ahí se reune con aquellos otros personajes de Handke), llena de gente incomprensible, que no le interesan (quizás), un mundo del que no se siente parte, y ahí está el problema de todo, como vivir en un lugar que siempre te resultará ajeno.

Su encuentro con una mujer a la que conoció hace algunos años (un encuentro fugaz y nada recordable), le devuelve algo parecido a una vida. La niña, su hija pequeña, que necesita que todo responda a un orden secreto, que sólo ella conoce, a la que cualquier mínima alteración de ese orden produce la más desconsolada desesperación, es uno de esos grandes personajes que siempre quisimos encontrar. Pero hay más, y toda la novela es un objeto prodigioso que se despliega ante nosotros como “un río que nos lleva”… y que amenaza con ahogarnos…

Soledaroide, polarizaciones de María Durán, encabeza este texto…