Un bombardeo es el suceso ideal para poner orden en mi biblioteca
Un bombardeo es el suceso ideal para poner orden en mi biblioteca, escribía Dusan Velickovic mientras los aviones dejaban caer sus cosas por Belgrado, no hace muchos años…
(Die Nacht)
El mundo no ha cambiado demasiado y seguramente ya no lo hará, viejo, como las personas. Una fotografía en la tapa de Anima Mundi, el libro de Velickovic, muestra a dos hombres ojeando unos libros entre los escombros, bajo el esqueleto, de una biblioteca. Esta ciudad devastada son aquellas ciudades devastadas. Cambian (o no) los motivos, los lugares, los enemigos de antes son los amigos de ahora, pero, después de todo, las ruinas son siempre las mismas.
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Dusan Velickovic, Amor Mundi, 2003.
Traducción de Mar Vidal para Ediciones del Bronce, 2003.
Cuando ya no importe
Cuando ya no importe, entonces…
Escrita por Ferdinand Jacquemort | Guardada en Las flores azules | Nadie dijo nadaJean Cocteau antes de Jean Cocteau
Hubo un tiempo en que Jean Cocteau fue una persona. Quizás no duró mucho, pero hubo un tiempo. Anterior al opiomano, al personaje, al mito, a la marca, al cuadro colgado. En ese tiempo, escribió La gran separación.
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Jacques sentía que volvía a ser sombra. Sabía que para vivir en la Tierra es preciso seguir las modas y el corazón ya no se estila.
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La gran separación es un libro de Oscar Wilde escrito por Jean Cocteau… Mejor, un libro de Jean Cocteau escrito por Oscar Wilde. Cuando se intenta ser ingenioso, ser ingenioso de una manera inteligente, culta, como se sería en el salón literario de una vieja dama de otros tiempos, las personas tienden a parecerse. Los genios más aún. La siguiente comparación es aún más sencilla (o torpe y desafortunada): por eso no la escribo.
Leer La gran separación es como asistir a un número de circo tremendamente complicado, un número irrepetible y sólo al alcance de determinados tipos, tipos que desde su más temprana infancia se han estado preparando para dar ese salto mortal o han vivido desde pequeños con la cabeza metida en la boca de un león. Cocteau era así. Al principio expontáneamente, pero luego quién sabe. La persona es derribada por el personaje, que ocupa su lugar.
Cocteau tenía facilidad para crear… De crear a inventarse hay un paso definitivamente pequeño, tanto que igual es inexistente. Crear=Inventarse.
Fernando Arrabal decía: uno escribe porque no vive. Cocteau sorteó esa limitación viviendo como escribía. O filmaba. O pintaba. Su vida era su creación. Así es fácil. Era listo Cocteau…
La gran separación es una novela de iniciación. Una de esas novelas dónde un joven se da de morros con la vida… Y se acabó la iniciación. Aquí un joven se da de morros con una mujer… una mujer mantenida… sin demasiados prejuicios…
Sí, señor Cocteau, el corazón ya no se estila… No se estilaba hace cien años, figúrate ahora. Y sin embargo, nunca fuimos personas a la moda…
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Jean Cocteau, La gran separación, 1923. Traducción de Monserrat Morales Peco para Cabaret Voltaire, 2009.
Escrita por Ferdinand Jacquemort | Guardada en Palabras | Palabrejas: Jean Cocteau | Alguien comentó algoLa nueva Tijeretazos (casi, casi)
Seguramente ya queda menos, mucho menos, apenas nada. Ya contamos con las fotografías de un fotógrafo italiano, Luca Savattiere, que amablemente las ha puesto a nuestra disposición para ilustrar El mar de color de vino, de Leonardo Sciascia. La portada ya tiene una forma que se me antoja definitiva (portada) e incluso las páginas empiezan a encontrar también su sitio (una página).
Y todo para decir que no era ninguna broma…
Escrita por Ferdinand Jacquemort | Guardada en Las flores azules | Alguien comentó algoCómo escribir silencios…
Pensaba en estas flores azules, marchitas. Pensaba que es lo que yo quería hacer. Las flores azules, en el principio de los tiempos fue una cosa, justa y también bella (palabra manoseada). Volvió (volví) y pretendía ser otra. No funcionó. Y otra más. No funcionó (en mi cabeza). Otra más. No funcionó. ¿Cual es el problema? Me lo preguntaba… Es más: me lo pregunto.
Hace unos años escuchaba obsesivamente un programa de radio, de la radio francesa. Se llamaba Les nuits magnétiques. Un día le dedicaron el programa a Georges Bataille. Alain Veinstein entrevistaba a una especialista en su obra. Preguntaba y ella respondía, pero no inmediatamente. Estaba el silencio. Unos silencios enormes, profundos, tremendos. Y él la dejaba. Hasta el sobrecogimiento.
Las flores azules quiere ser ese programa de radio, quiere ser un lugar donde la escritura esté poblada de silencios. Pero ¿cómo se escriben los silencios?
PJ Harvey, John Parish, The soldier. Una cierta fragilidad, una cierta precariedad.
Escrita por Ferdinand Jacquemort | Guardada en Palabras, Sonidos | Nadie dijo nadaLa nueva Tijeretazos (aproximación muy cercana)
Durante los últimos días he abandonado un poco este blog (más aún) para poder concentrarme en el propósito inicial de todo esto, que no era otro más que recuperar Tijeretazos. Así portada tras portada, intento tras intento, fracaso tras fracaso, creo que ya estamos cerca de lo que será la nueva Tijeretazos (si no es que exactamente esto). De momento sólo está a nivel gráfico, luego no va ningún enlace. Digamos que es una aproximación meramente visual. A ver lo que os parece, si es que os parece algo…
Escrita por Ferdinand Jacquemort | Guardada en Flores azules | Palabrejas: Tijeretazos | 9 escribieron alguna cosaNúmero cinco: La caza del carnero salvaje, de Haruki Murakami
- ¿En qué piensas? -me preguntó.
- Recuerdos… -le respondí.
Haruki Murakami, La caza del carnero salvaje, traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala para Anagrama
Estoy aquí, siempre más solo, cantaba Paolo Conte… Sigamos, saltando los días de dos en dos, luego de cuatro en cuatro, de ocho en ocho,… Haruki Murakami, decía. Empecé a leerlo porque tenía que leerlo. Tenía que leerlo porque tenía que conocerla, y como soy de ese tipo de persona que es ingenua por naturaleza (un imbécil, vamos), pensaba que cuando alguien lee a uno frecuentemente, ese uno encierra a ese alguien envuelto en sus palabras. Por supuesto lo único que logré es un poco más de confusión, pero al menos me enganché a la lectura entre frecuente y ocasional de este japonés amante del jazz y de los gatos… de los gatos que hablan… aunque yo, tras haberme leído buena parte de su obra, aún no he llegado a comprobarlo… Pero hablarán, seguro que hablarán… E igual también me dicen algo a mi.
La caza del carnero salvaje es una de sus primeras obras, cuando aún no era nadie. Como las primeras obras que luego vienen seguidas de muchas más obras, obras incluso coherentes entre si, tiene el valor de búsqueda, ocasionalmente de encuentro y a veces de error. Hay que apreciar los errores, porque son los últimos restos de una inocencia demasiado a menudo traicionada. Aquí Murakami se monta una novela policiaca sin policías, una historia que no busca culpables ni víctimas, sólo un carnero espabilado que se mete en el cuerpo de los demás, y cuyo último rastro es su aparición en una fotografía de montaña. Entonces está el viaje, los lugares, un treintañero desencantado (personaje fundacional de toooodos los personajes a venir) y una chica con las orejas más atractivas imaginables, capaz de cambiar el sentido de la vida.
Todo en conjunto da un libro sobre el desencanto y sobre el poder, y como el poder es igualmente desencantado. Nuestro escritor aún no domina todos los aspectos de su narrativa y de vez en cuando se nos pierde (para volverse a encontrar), y la descripción sistemática de lo habido y por haber le acerca más a un novelista por páginas, pero ofrece tantos grandes momentos que se lo podemos perdonar todo (y así será también el resto de su obra), además de construir personajes memorables y a menudo fugaces, como “una-chica-que-se-acostaba-con-todos”, que abre las primeras páginas y que podía ser perfectamente un relato, un hermoso relato sobre la necesidad de ser y luego de no ser. Y eso es todo. Y realmente no es poco.
Cómo os habréis dado cuenta (no sé porqué hablo en plural… ambición…), ahora me ha dado por poner fotografías mías (podría ser peor, pero no pondré fotografías de mi). Creo que es simple pereza o quizás la necesidad de una cierta homogeneidad basada en la mediocridad… En todo caso, ahí tenéis otra…
Escrita por Ferdinand Jacquemort | Guardada en Palabras | Palabrejas: Haruki Murakami | 2 escribieron alguna cosaNúmero cuatro: No me gustaría palmarla, de Boris Vian
Roído vivo moriré, hasta el hueso
Por gusanos en fila como versos
Con las manos atadas bajo una catarata
En un triste incendio acabaré abrasado
Me moriré un poco, quizás mucho
Sin apasionamiento, pero con interés
Y, finalmente, cuando todo acabe
Me moriré
Boris Vian, No me gustaría palmarla, de su poéma Me moriré de un cáncer de esqueleto, traducción de Santiago Auserón para Demipage
Boris Vian trompetista, músico de jazz, poéta, escritor habitual, forzador del lenguaje (violador, violentador, perturbador, agitador). Muerto jovencito. Memorable. Sabía que iba a morir jovencito. Eso le da a todo una cierta urgencia y también una necesidad de pasar por todos los sitios, acabar con todo. No me gustaría palmarla es un libro de poémas, que ahora ha salido en una golosa edición, ilustrado. Traducido por mucha gente, ilustrado por otras tantas, bajo el proyecto de otro hombre que sabía que iba a morir pronto, Martin Matje. Así pués, todos juegan con las cartas sobre la mesa, oscenamente incluso: Matje dibuja muertos vivientes y calaveras, Vian se ríe de la muerte (pero poco… no le hace gracia).
Boris Vian es uno de esos escritores cuya obra debe ser leída bien pronto, metida en un frasco bien cerrado, dejada en una armario protegido del sol y la humedad, y recurrir a ella en un futuro en caso de extrema necesidad. Igual es como aquellos tarros de cerezas confitadas que me traía me madre o me compraba yo no sé dónde. Cerezas que uno sacaba una a una, siempre pegajosas, como una delicia de mesas regias. En todo caso, Vian debe consumirse a sorbos, breves, espaciados, y disfrutado, como disfrutaba él de la vida, la vida breve, siempre demasiado escasa.
Jean-François Martin ilustra el poéma Ella estaría ahí y estas líneas…
Escrita por Ferdinand Jacquemort | Guardada en Palabras | Palabrejas: Boris Vian | 2 escribieron alguna cosaEl tiempo se ha detenido

Tras muchos meses, quizás años, he vuelto a coger el metrotropolitano. Ha sido un día lluvioso, de tormentas intenpestivas seguidas de periodos de calma y de tormentas intenpestivas. Cosas extrañas, en mi casa no oigo llover, da igual la intensidad con que lo haga. Antes sí, lo recuerdo perfectamente. Había una vieja farola de algo parecido a la hojalata y las gotas de lluvia repiqueteaban sobre ella. Un día se la llevaron y apareció un extraño farol de tipo veneciano, muy señorial, que emite una luz amarillenta y sucia, un asco.
Pero yo no quería escribir sobre eso.
Al volver esta tarde, mientras oscurecía, he pensado que no tenía prisa. Es más, he tenido la sensación de que no tenía prisa porque nadie me esperaba. Como cualquier sensación, no debe ser necesariamente cierta.
He caminado por las calles de ese pueblo, las calles encharcadas por la lluvia, de aceras resplandecientes, buena parte de ellas en obras. Al fondo, la torre de la iglesia, horteramente iluminada, como se iluminan ahora. Atravieso la plaza. Un chico se vuelve para mirar a una chica. En la administración de lotería no cabe nadie más. Al volver está una de esas fruterías ahora tan abundantes. Sonrío. Hacia mi, un chaval con una gorra viene comiendo pipas. Pienso que es un niño judío. El pelo. Es el pelo. Han cerrado la tienda de chucherías. Camino sobre la grava, que cruje ligeramente. Atravieso el polígono y no hay nada más. El polígono, yo y algún coche. Cruzo el puente sobre el barranco, el barranco que parece un trozo de selva ecuatorial, atravesado por el agua, entre los matorrales que ahora parecen cualquier otra cosa.
La sensación de que no me espera nadie es persistente. Da igual llegar ahora, dentro de una hora, dentro de diez horas, varios años. Es lo mismo. No puedo decir que eso me haga sentir triste. Llevamos sólo unos días del otoño y ya todo es otra cosa.
Hoy, como una pura formalidad, tengo un año más. Y creo que, finalmente, el tiempo se ha detenido.
Escrita por Ferdinand Jacquemort | Guardada en Palabras | 2 escribieron alguna cosaUrbanismo poético - Entrañas - f1
Están las cosas devastadas, las cosas destruídas, y también las heridas, las cicatrices que quedan al descubierto, que permanecen en los vivos. También en los edificios. La demolición de un edificio deja sobre las paredes del otro fragmentos de su propia historia. Vemos trozos de baños, de azulejos, el espacio que ocupaban los cuadros, el papel de las paredes, los colores dispares, los últimos cables,… Trazos.
En la ciudad vieja encontramos restos de esos animales muertos. Nada vino a reemplazarlos. Cayeron, un día, y ni tan siquiera se podía culpar a la especulación inmobiliaria. Hay batallas que se pierden así, silenciosamente.
Un día, caminando, me encontré frente a un enorme mural que me saludaba con aquel famoso “Bonjour tristesse”, frase generacional. Entonces volví a tener esperanzas. Esperanzas con esta maldita ciudad, de que algún día todo será diferente. Miré las paredes, las heridas abiertas alrededor, y las imágenes se descolgaban por las paredes desnudas, sombras inmensas…
La fotografía es mía. También se puede admirar (ironía) en blanco y negro…
Escrita por Ferdinand Jacquemort | Guardada en Imágenes | Alguien comentó algo

